
Por: Daniela Tripaldi
Hace algún tiempo me encontré con un anuncio interesante en el supermercado, en el se buscaba a una alguien llamada “Eva”. Mi primera impresión fue pensar que esa persona se olvidó sus documentos o que estaba perdida, sin embargo, al continuar leyendo descubrí que estaba muy equivocada.
La historia es la siguiente: una cliente del supermercado al momento de pagar sus compras se dio cuenta que había olvidado su billetera en casa –con todo su dinero-. Imagino que en ese momento esta persona fue invadida por la desesperación y angustia al ver que la fila de la caja seguía aumentando, y que los demás clientes estaban poniéndose cada vez más impacientes. En aquel momento,otra cliente, Eva, se ofreció a pagar la cuenta, todo se solucionó y ambas se salieron del supermercado. La cliente agradecida por el gesto, regresó al lugar para buscar información sobre Eva o algún contacto para devolverle su dinero, sin embargo, no lo consiguió ya que en el supermercado nadie la conocía. Así que empezaron, junto con la administración, la búsqueda de Eva.
Es increíble cómo una historia tan simple y lastimosamente poco común nos permite analizar la esencia humana y al mismo tiempo es una fuente de inspiración para nuestras vidas. ¿Qué hace del acto de Eva tan especial? ¿Qué hizo que Eva pague las compras de esta persona? ¿Qué pudo haber generado esta conducta en la otra clienta y en las personas que, como yo, leímos el anuncio? ¿Cómo este simple acto puede ayudarnos a encontrar nuestro sentido de vida?.
Durante los últimos años, las enfermedades mentales han llamado la atención de las grandes organizaciones internacionales como la OMS (Organización Mundial de la Salud). Se habla de los preocupantes índices de depresión y ansiedad en la población mundial. Sin considerar la gran cantidad de personas que se encuentran inconformes con sus vidas y que no llegan a cumplir con un diagnóstico específico. Se han destinado fondos para la investigación de los trastornos mentales, de modelos terapéuticos eficientes y efectivos -incluyendo el estudio de psicofármacos-. Sin embargo, la mayor parte de los esfuerzos están orientados a entender y tratar la enfermedad y no a prevenirla, o al menos no a los mismos niveles.
Según Víctor Frankl, el padre de la Logoterapia o la terapia enfocada en el sentido de vida (a quién le interese profundizar sobre su obra pueden descargar uno de sus libros aquí) la enfermedad mental está relacionada con la actividad y pasividad incorrectas, es decir, que aplicamos estrategias de afrontamiento ante realidades rígidas y las usamos para disminuir el malestar psicofísico. La teoría del cambio que propone, se basa en aprender a tomar distancia de los síntomas en lugar de huir o luchar contra ellos, y al mismo tiempo empezar a orientarse hacia el sentido (Martínez, 2007).
Para Frankl, el ser humano esta siempre movilizado a buscar el sentido de su vida. Nos cuestionamos todo el tiempo sobre a dónde vamos y por qué hacemos lo que hacemos, es parte de nuestra esencia. Estamos construyendo nuestra identidad, nuestra personalidad, con cada decisión que tomamos. Estas decisiones nos acercan o alejan de nuestro sentido de vida.
Cuando nos acercan, nos sentimos bien con nosotros mismos, sentimos paz y felicidad; ya que para el autor, la felicidad es el resultado de lo que hacemos y no el objetivo: “El hombre se autorrealiza en la misma medida en que se compromete al cumplimiento del sentido de su vida”. Además, estudios realizados por Baetz, Bowen, Jones y Koru–Sengul (2006), han demostrado que el sentido de vida es un importante factor protector ante los trastornos mentales; y, a su vez, las personas con un sentido de vida alto tienen un mejor pronóstico si llegan a desarrollar un trastorno a lo largo de su vida.
Si por el contrario, nuestras decisiones nos alejan de nuestro sentido, entonces nos sentimos vacíos e inconformes. Lo cual nos puede llevar a buscar satisfacciones pasajeras, incluso de manera compulsiva, por ejemplo, trabajando en exceso.
Existen tres caminos que nos llevan a nuestro sentido de vida. El primero es por medio de aquello que nosotros damos al mundo o por medio de los valores de creación, como los llamó Frankl. El segundo es por medio de lo que recibimos del mundo o los valores vivenciales. El tercer camino es por medio de la actitud que tenemos ante las situaciones que no podemos modificar, o valores de actitud.
Las tres formas se basan en la idea de que solo podemos empezar la búsqueda de nuestro sentido de vida en la medida en que dejemos de ser el centro de nuestra atención. Para Frankl, es el encuentro con el mundo, con las personas, lo que nos permite crecer, es un encuentro en el que estamos dispuestos a dar una parte de nosotros mismos, sin esperar nada a cambio. Es una capacidad innata a la que llamó Autotrascendencia.
Eva con su gesto dio algo al mundo sin esperar nada a cambio, salió de sí misma y decidió dar algo (Valores de creación), fue autotrascendente. Así, permitió también que la otra persona reciba algo de este encuentro (Valores vivenciales), que la movilizó dejar de ser el centro de su atención por un momento y buscar a esta persona que la ayudó.
Esta historia nos recuerda la imperante necesidad de reflexionar sobre adónde queremos llegar y si estamos haciendo lo necesario para acercarnos a esa meta. Estas pequeñas acciones pueden ayudarnos a ser autotrascendentes. La excesiva preocupación por nosotros mismos, por nuestro bienestar en general, ha hecho que nos olvidemos que somos seres sociales, que formamos parte de una sociedad y que al mismo tiempo la sociedad nos ayuda a construir quienes somos. La rutina diaria, la lucha contra el tiempo, por alcanzar la perfección, nos alejan de nuestra misión de vida.
Esta época se caracteriza porque todo avanza a ritmos desenfrenados, además nos estimula a dejar de lado nuestra humanidad para satisfacer las demandas del mercado. Es aquí en donde la historia de Eva y su regalo nos lleva al camino del sentido. Tratemos de encontrar momentos para distanciarnos de nuestros problemas, de nuestros trabajos, de nuestras necesidades – como lo hizo ella- para reencontrarnos con el mundo, con nuestros seres queridos, con la naturaleza, el arte, etc.
Démonos la posibilidad de sorprendernos a nosotros mismos dando algo a los demás, sin esperar nada a cambio. El tiempo, por ejemplo, destinar unos minutos a escuchar a nuestros hijos, amigos, familiares. También podemos compartir algo de lo que sabemos o tenemos con otra persona.
Al estar abiertos al mundo, también nos permitimos tener nuevas experiencias y conocer más personas que como Eva nos inspiren. Termino este artículo con una frase de Frankl que explica la importancia de los otros en nuestras vidas:
“Al declarar que el hombre es una criatura responsable y que debe aprehender el sentido potencial de su vida, quiero subrayar que el verdadero sentido de la vida debe encontrarse en el mundo y no dentro del ser humano o de su propia psique, como si se tratara de un sistema cerrado”.
Referencias:
Baetz, M., Bowen, R., Jones, G., & Koru – Sengul, T. (2006). How Spiritual Values and Worship Attendance Relate to Psychiatric Disorders in the Canadian Population. Canadian Journal of Psychiatry, 51(10). Retrieved September 21, 2008, from ProQuest Psychology Journals database.
Frankl, V. (1964). Teoría y terapia de las neurosis. Madrid: Editorial Gredos, S. A.
Frankl, V. (2001). Las raíces de la Logoterapia: escritos juveniles 1923 – 1942. Buenos Aires: Ediciones Fundación Argentina de Logoterapia “Viktor E. Frankl”.
Frankl, V. (2003). Ante el vacío existencial: hacia una humanización de la psicoterapia. (9th ed). Barcelona: Herder.
Frankl, V. (2003). La psicoterpia al ancance de todos. (7th ed.) Barcelona: Herder.
Frankl, V. (2005). Psicoanálisis y existencialismo: de la psicoterapia a la logoterapia (2th ed. 11th reimp.). México: Fondo de cultura económica.
Frankl, V. (2007). Fundamentos y aplicaciones de la Logoterapia (1th ed. 3 reimp.). Buenos Aires: San Pablo.
Martínez, E. (2007). Psicoterapia y sentido de vida: Psicología clínica de orientación logoterapéutica. Bogotá: Herder.
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